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Adiós querido pepe

Hablar de Pepe Mendoza no es tan fácil, se puede hablar de él como director espiritual, director del CEC, amante de la fotografía y de la tierra manabita, como profesor, como rector, como jesuita.

Yo elijo la última porque ser jesuita implica a toda la persona, como dijo el P. Arrupe “determinará lo que te haga levantar por la mañana y lo que hagas con tus atardeceres; cómo pases los fines de semana, lo que leas y a quien conozcas; lo que te rompa el corazón y lo que te llene de asombro con alegría y agradecimiento. Enamórate, permanece enamorado, y eso lo decidirá todo”. El P. Pepe se enamoró del CEC, del Cristo Rey, de la fotografía, de la vida, de la campiña manabita, de sus vividos paisajes, de sus amplios horizontes, de los manabas.

Como exalumno que soy del Cristo Rey, siempre le tenía mucho respeto porque lo tuve de rector desde 1980 hasta 1984 y fue una etapa que le costó mucho, él mismo nos decía que no se sentía preparado para ese cargo. Tal vez las funciones del rectorado le privaban de su mejor tiempo para sus queridos campamentos, que era su vida, lo que le apasionaba.

La mejor versión de Pepe la conocí en el CEC, como profesor de religión y de filosofía y como acompañante espiritual. Cómo olvidarnos de las carpetas, de los argumentos que teníamos que dar para fundamentar nuestra fe, siendo apenas adolescentes de cuarto curso. Y en campamentos qué decir…siempre me atrajo ver a un sacerdote y jesuita compartir con jóvenes los fines de semana, descomplicado, no se hacía problema de dormir en su carpa, degustar las comidas del grupo de materiales o asesores, pero especialmente la capacidad de mostrarnos a un Dios cercano, amigo y propositivo, tenía una facilidad única de explicarnos el evangelio a través de las parábolas.

Era un hombre de una cercanía muy íntima con Dios, siempre lo veía en oración, desde su balcón en la habitación de la comunidad tenía su rincón particular para encontrarse con la razón de su vida, de su vocación: Jesús. Y en campamentos, muy temprano con su silla se retiraba de la Ciudad de Lona a orar.

A veces tenía sus escrúpulos con la pobreza, para sí mismo era un poco radical, cuidaba con mucho esmero sus cosas, su carpa, su colchoneta, su máquina de escribir, su cámara de fotos. Por las noches escribía mucho, en latín para que no entendiéramos los relatos de los campamentos, era como su diario. Era un contemplativo en la acción, por eso creo que era un apasionado por la fotografía; le gustaba mucho crear un buen ambiente comunitario, contando sus chistes, que como decimos los manabas, eran bien agrios.

Un hombre fiel en lo mucho y en lo poco también, los domingos eran infaltables sus artículos en el Diario Manabita “Para ti joven” y en las misas dominicales de La Merced, les encantaba los cantos de la misa nicaragüense con los que nos catequizaba creando en nosotros una conciencia social que tenía como opción preferencial a los excluidos de nuestra sociedad, que el evangelio no quedaba solo en teoría sino en praxis,  que “el amor se debe poner más en obras que en palabras” como decía San Ignacio.

Todos los que tuvimos el privilegio de compartir su riqueza espiritual, damos gracias a Dios y a la vida de ponernos en nuestro camino a Pepe, que su legado se haga vida en nosotros y en nuestra querida ciudad, especialmente en sus dos grandes amores el Cristo Rey y el CEC.

Le pido a Dios que la vida de Pepe resucite en el corazón de todos los que le conocimos, que den frutos abundantes por hacer un mundo más justo y solidario en los lugares donde la vida nos ha colocado.

Adiós querido Pepe y con la esperanza que muy pronto junto al fuego, nos unirá el Señor. Ese fuego que se apagó ayer, pero que seguirá dando luz aunque, en estos últimos años en la enfermería de Cotocollao, hayas brillado poco por tu edad. Bienaventurado porque alumbraste mucho. Descansa en paz y seguro de que has llegado a puerto seguro y desde allí puedas contemplar eternamente al Manabí de tus quimeras, al Manabí de tu ilusión.
Por: Jonny Cedeño Zambrano.

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